ADIÓS, VERÓNICA

Hay personas que se cuelan en tu vida y, aunque nunca hayas hablado con ellas, te parece que las conoces de siempre, que sabes cómo piensan y sienten. Eso pasaba con Verónica Forqué, una mujer que se podría describir como absolutamente comunicativa. Comunicaba con la mirada, con la sonrisa, con el gesto, con su voz tan peculiar, que lo mismo hacía reír que conmovía. Transmitía una fragilidad que ahora, por desgracia, vemos que era real, no impostada. Y al mismo tiempo resultaba activa, eficaz, simpática. No me la imagino en un papel de mala, no sé si alguna vez lo hizo. La recuerdo como esposa sufridora, como madre comprensiva, como hippy generosa, como prostituta entrañable. Siempre con un adjetivo en positivo, imposible no adjetivarla.

Su muerte tristísima, que no hay peor despedida que la que uno mismo se toma por su mano, nos deja petrificados en esta época de todavía pandemia donde pensamos que solo el virus mata, pero no, hay otros virus invisibles al microscopio que matan también: la soledad, la pena, la incomunicabilidad, el desafecto. En mi vida hubo alguien que también tomó esa misma medida. Sin remisión, ya que es imposible estar siempre en el momento necesario para evitarlo. Si ha de suceder, sucederá y solo la previsión médica de esas enfermedades extravagantes para quien no las padece podrá salvar de la muerte.

Descansa en paz, querida Verónica. En ese paraíso que, si Dios existe, ya te habrá preparado, donde encontrarás un lugar alegre, tranquilo, un locus amoenus en el que siempre siempre brille el sol, y se oigan las olas de ese mar que atrapa, y respires el aire puro, y camines las sendas al aire libre de aquella película mediterránea en la que te movías, como en todas las que hiciste, como pez en el agua. Descansa en paz, ya sin angustias.

Consuelo Jiménez de Cisneros

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