NO JUGAR CON LAS COSAS DE COMER

Somos un diminuto David frente a un tentacular y espantoso Goliat, pero eso no nos va a impedir alzar la voz contra algunos aspectos llamativos de una política egoísta que tiene dos aristas: por una parte, la falta de conciencia frente a los trabajadores del sector primario, el que nos da de comer. Sin él, todos los demás son nada. Sin embargo, es el peor valorado socialmente y el peor pagado. Por otra parte, un ecologismo pasado de rosca se ceba en los modos de tratar la naturaleza por la agricultura y la ganadería, pretendiendo igualarnos a todos los seres vivos del planeta en una misma consideración moral.

Los seres humanos son animales pero de otra índole. Las religiones y los mitos así lo reconocen. En el Génesis, Dios autorizó al ser humano a que ordenara la naturaleza y la pusiera a su servicio. Eso incluye respetarla, algo que, ciertamente, el ser humano actual ha olvidado en gran medida. Por eso hay que luchar contra la contaminación, contra el maltrato animal, contra la sobreexplotación de tierras y bienes de la naturaleza, contra la deforestación. Pero, en el caso de España, no hay que olvidar que la miseria que produjo la guerra civil de 1936 está en el origen de lo que hoy son las denostadas granjas de animales. Había que comer lo que fuera, y así surgió la cría masiva de pollos, gallinas, conejos, palomas… sin olvidarnos de cerdos, vacas, patos… Animales que contaminan, que pueden producir y transmitir enfermedades, que tienen derecho a un trato digno. Pero que, en definitiva, son la despensa de los seres humanos. Porque la naturaleza, que no entiende de sentimientos ni de moral, obliga a que unos seres devoren a otros para sobrevivir. Aunque está claro que, si no llegamos a un punto de equilibrio, se desobedecerá el mandato bíblico y no será el ser humano, sino los animales quienes poseerán la tierra, y los insectos o los virus acabarán con nosotros.

Vienen estas reflexiones a cuento de la manifestación con la que nos topamos en Madrid el 26 de enero a la altura de la Glorieta de Carlos V, donde están tomadas las fotos que ilustran esta portada. Sus lemas no precisan comentario: «Sin ganadería ni agricultura, comerás basura». Y es cierto.

Los cuentos del ecologismo. Recuerdo las patatas ecológicas de Holanda que eran las mismas que las otras, solo que más pequeñas y arrugadas, las que no pasaban el filtro de tamaño y aspecto. Pero había que producir patatas ecológicas para lograr la subvención, y con ese subterfugio, aquella honrada familia de labradores lo lograba. Y digo que eran honrados porque nunca olvidaré que la mujer, teniendo un campo de patatas a la puerta de su cocina, iba al supermercado a comprar una bolsa de patatas para echar en la olla porque las patatas de su campo estaban vendidas al municipio. Moral puritana, impensable en nuestra católica España.

Recuerdo los «cacahuetes ecológicos» con los que una amiga de Luxemburgo engañaba a un niño muy concienciado, empeñado en que no podía comer cacahuetes porque engordaban… Pero aquellos cacahuetes de la fiesta de cumpleaños se los comía tan a gusto porque eran ecológicos. Y es que el pobre no sabía que todos los productos de la tierra son ecológicos. Lo que no es ecológico es la comida artificial, la de laboratorio, la que sale de una impresora, la que tiene más plástico que chicha.

Recuerdo aquella colección de libros presidida por Las aventuras de Guillermo escritos por la irónica y hoy poco valorada Richmal Crompton donde el grupo ecologista de hace un siglo -la tradición ya es larga- pedía que no se echara veneno en los campos para no matar a los bichos -aunque fueran dañinos para los cultivos- y los campesinos asentían mientras seguían sulfatando, y aseguraban a aquellos ecologistas avant la lettre que aquel producto no era veneno, sino un líquido refrescante para alegrar la vida a los bichitos. Recuerdo el capítulo en que a Guillermo se le escapa una rata del bolsillo y la Directora del grupo del perfecto-amor-a-todas-las-criaturas se sube a una silla mientras grita histéricamente: «¡Matad a la rata!», lo que da pruebas de las contradicciones de la «movida» ecologista de 1920.

Para concluir, tengo que decir que yo siempre miro en las etiquetas el origen de los productos y, aunque me cueste más caro, los espárragos han de venir de Navarra, las naranjas de Valencia y los plátanos de Canarias. En la comedia de Santiago Segura Todos al tren hay una anécdota impagable: el anuncio de la leche asturiana donde la esposa se convierte en hermana para que rime con asturiana… Pues sí señor. A defender lo nuestro y a disfrutarlo, a pagarlo a un precio justo, a reivindicar el duro, durísimo trabajo de agricultores y ganaderos. A facilitarles la vida. Que se puede jugar con muchas tonterías, pero no hay que jugar con las cosas de comer.

Texto y fotos: Consuelo Jiménez de Cisneros

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