LOS CHICOS PUEDEN SER CHICAS, LAS CHICAS PUEDEN SER CHICOS Y TODOS PUEDEN SER CHIQUES.

Autora: Consuelo Jiménez de Cisneros.

El verano termina y la afirmación del título ya es algo rutinariamente aceptado. Recientemente, un maestro irlandés, Enoch Burke, ha sido arrestado y se le ha abierto expediente disciplinario por negarse a tratar, con un pronombre neutro, a un niño que aún no sabe si es chico o chica y está «en transición de género». En concreto, el delito del docente consistió en que se negó a llamarle they en lugar de he

En España nos hemos anticipado y el pasado mes de julio se publicó la noticia de la criatura de ocho años que ya sabe seguro, segurísimo, que quiere cambiar de género (y de sexo) y su madre beligerante ha conseguido que un juez le dé la razón. El caso es que ahora los menores, al margen de la opinión de padres y especialistas, pueden decidir sobre su identidad de género. ¿Cómo reaccionar ante esta novedad? Algunos padres afectados, desde el terror y la impotencia frente a una nueva epidemia que para muchos menores se ofrece como la panacea para sus inseguridades y complejos, han tenido que crear asociaciones bajo el anonimato -Amanda, Dofemco- a fin de defender a sus hijos. Y sobre todo a sus hijas, que son, numéricamente, las más afectadas y las que más fácilmente resultan contagiadas y abducidas por las redes sociales, ese invento diabólico que nunca debió propagarse sin control entre las masas.

Vaya por delante nuestro más absoluto rechazo a la homofobia, como a cualquier otra fobia contra cualquier grupo humano: el racismo, el desprecio a los diferentes por razones de salud, nivel intelectual, clase social, procedencia, etc. En este sentido, nos parecen particularmente repugnantes las agresiones de cualquier índole (físicas o verbales) contra homosexuales y transgénero, y la sanción debería ser mayor por la gravedad moral que suponen estos ataques propios de gente ignorante, acomplejada o directamente malvada.

Sin embargo, vamos a intentar colocar cada cosa en su sitio. Hasta finales del siglo pasado, había básicamente hombres y mujeres y, como excepción, homosexuales y hermafroditas, todos los cuales han de gozar de los mismos derechos como ciudadanos y del respeto que se debe a cualquier ser humano sea cual sea su tendencia sexual o su morfología, sin que sea necesario para ello ningún «orgullo» más que el de ser humano. Evitando exhibir chapas multicolores con letreros agresivos como los que se han visto en la solapa de cierta ministra: «Existo, luego te jodes». Preciosa manera de reivindicar lo que ya está perfectamente reivindicado y reconocido en nuestras leyes y costumbres. Castiguemos al que delinque, pero no castiguemos el buen gusto con iniciativas que, en lugar de dignificar, suponen tirar piedras contra el propio tejado. 

Lo que no es posible es convertir en normal lo que está fuera de la norma ni en pensar que la excepción ha de ser la regla. Los niños y los adolescentes, salvo casos contadísimos que han de tratarse como excepciones, no deberían tomar decisiones sobre su identidad genérica. La ley no les autoriza a casarse ni a firmar contratos ni a adquirir inmuebles, pero sí les permite cambiar de sexo. Es una ley absurda, que no busca el bien del pueblo, como habría de buscar una ley diseñada desde la honradez, sino el triunfo ideológico -y por ende, social y económico- de un grupo de gente de cortas luces y largas ambiciones.

Y desde luego, en ciertos ámbitos no hay igualdad: ser heterosexual perjudica, porque pertenecer a cualquier otro grupo es lo que está sobrevalorado. Recuerdo a alguien muy cercano que quería meterse en gestión cultural y le preguntaron si era gay; al responder que no, le quitaron la idea de la cabeza: «si no eres gay, lo tendrás mucho más difícil». 

En este despeñadero al que nos llevan leyes hechas ya no sé si con ignorancia o con mala fe, la única defensa es la protesta, la denuncia, el señalar con el dedo que el rey está desnudo, como en el cuento de Andersen; que toda esta política es un cuento, pero un cuento perverso y dañino que puede causar daños irreversibles a nuestros niños y jóvenes.

Foto de Consuelo Jiménez de Cisneros. Grupo escultórico en el Parque de Wesley (Reino Unido).

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