UNA EXPERIENCIA EDUCATIVA: LEONOR DE BORBÓN SE VA A ESTUDIAR AL EXTRANJERO. “Un día de mi vida”. Relato de Teresa Álvarez Olías

UNA EXPERIENCIA EDUCATIVA: LEONOR DE BORBÓN SE VA A ESTUDIAR AL EXTRANJERO

Leonor de Borbón se va a estudiar al extranjero como otros muchos jóvenes españoles. A raíz de esta noticia que ha creado tanta inútil y absurda polémica, El Cantarano se honra en ofrecer un texto literario inédito en el que una escritora madrileña, Teresa Álvarez Olías, con experiencia en la narrativa histórica y costumbrista, se atreve a meterse en la piel y en el alma de la princesa de Asturias, Leonor de Borbón. Y descubre que es una adolescente antes que otra cosa: una adolescente sensible, responsable, curiosa. Y así construye una etopeya apasionante recitada en primera persona por la propia princesa. Una propuesta, creemos que única en las letras españolas, que nos lleva a empatizar con esta joven cuyo destino ha sido marcado por su cuna, pero acabará escrito por sus hechos.

UN DÍA DE MI VIDA. Teresa Álvarez Olías

Aún no ha amanecido y está lloviendo en la calle. Oigo los regueros de agua deslizarse detrás de la ventana. Quiero levantarme antes de que suene la alarma del móvil y me dé un susto de muerte con su canción, que romperá el silencio gris de nuestro cuarto. Mi hermana no se despierta tan fácilmente, ni siquiera con la alarma a todo volumen y sonando durante dos minutos. Somos distintas. Cada una tenemos nuestra personalidad y nuestras manías. Las mayores estamos acostumbradas, o tal vez educadas en la responsabilidad y el cuidado de las hermanas pequeñas. Lo he comentado con amigas y compañeras de clase y todas coincidimos. Nos sentimos cuidadoras de sus juegos, de sus deberes, de sus amistades. Sofía lo asume con la comodidad de la hermana menor que no conoce otra cosa, más que a esa niña algo mayor que le enseñaba los cuentos, la conducía de la mano y le lleva un curso de distancia.

Las cortinas de mi habitación son de raso verde y las de mi hermana, unos cuantos metros más allá, azules. La lluvia está empapando los jardines de nuestra casa, los enanos de piedra, las enredaderas, los bancos donde en verano tomamos el fresco tras la cena y las cigarras entonan su canción desesperada. Puedo ver los rosales y los jacintos desde esta ventana por la que contemplo mi país y las piedrecitas del estanque, donde un pez plateado nada sin descanso todos los días.

Mi país, el país de mis padres y los padres de mis padres, es enorme y variado. Cada verano y primavera, también en las fiestas de primeros de diciembre, recorro con mi familia una comarca del mismo. No sabría decir si prefiero el Mar Mediterráneo, dulce y brillante, como un reflejo del cielo, o la montaña arbolada, a veces nevada, en la frontera con Francia, cercana al Cantábrico.

A veces pienso que la sierra, con su silencio de cumbres solitarias, donde sobrevuelan las águilas, es el lugar clásico de las hadas, en el que se perfilan mis anhelos. En invierno pasado tuve un episodio místico de amor religioso, de pensamiento obsesivo sobre el voluntariado, mi posible voluntariado, pero ahora tengo una etapa ardiente de amor silencioso. Nadie sabe cuánto me gusta un chico de otra clase. Yo no comprendo cómo ha sucedido, ni cómo se ha transformado su cuerpo y a la vez el mío, cómo se ha ensanchado y crecido, cómo me he vuelto la viva imagen de mi madre a su misma edad.

Escribía cartas a mis amigas sobre la responsabilidad y la dedicación religiosa el año pasado. Creo que todo se debió a unas conferencias sobre filosofía y espiritualidad a las que asistí dos fines de semana. Supongo que soy un poco impresionable, pues el recogimiento y la meditación me provocan un llanto interno, una emoción indescriptible que casi no controlo. Y el amor que siento por ese muchacho al que apenas conozco, se parece al silencio de los Pirineos, a la belleza de los páramos castellanos, a la altura de los volcanes canarios, al ansia que me llena cuando pienso en la trascendencia de las relaciones sociales, personales o políticas.

La lluvia de la noche ha desbordado los parterres y la luz de la mañana se abre paso como si fuera una ráfaga de viento que se extendiera mansamente por el mundo. Estudio la historia de España y me sobrecoge la cantinela de guerras y el rosario de desgracias que lo persigue. Si subo a la azotea de nuestra casa diviso a lo lejos la hilera de vehículos que salen de casa hacia el trabajo, en un fragor ordenado de lámparas rojas que se alejan y de lámparas amarillas que se aproximan en el amanecer lleno de sombras tardías.

Amo a mi nación como se aman las paredes de tu cuarto, como se ama a tus padres, al agua que bebes, al aire que respiras. Viajo por sus carreteras, vuelo por sus campos, duermo en sus hoteles y escucho lo que cuenta la gente, sus alcaldes más bien. Leo lo que hijos insignes, hijos de ciudades queridas han escrito sobre economía, sobre filosofía y sobre técnica. Es tanto lo que tengo que aprender que hay tardes en que me abrumo considerando lo que me queda por ver, por estudiar o por imaginar.

Voy a clase con mi hermana y atravieso la verja del colegio. Este es un territorio igualitario, donde soy una adolescente más, o yo me lo creo. El uniforme nos viste a todos y a todas por igual, con sus dos colores contrarios, pero yo distingo a los chicos desde lejos, y también su pelo, su altura, su sonrisa, su voz destemplada, que ha cambiado por completo en este curso.

Hace muy poco, mis aficiones eran leer, pasear con mi familia los fines de semana, salir al atardecer al mirador de la playa en verano, montar en bici en nuestros jardines, yo que sé, hábitos tan normales como salir a la terraza para realizar trabajos manuales: cuadros de micro madera o acuarelas, pero este curso el mundo se ha transformado en un instante y mis gustos se han vuelto de color claro profundo, como las mañanas en día despejado, pues han cambiado de tal manera que tiemblo cuando un profesor explica en la tarima cualquier teorema, y su seguridad me hace mirarle con la boca abierta, intentando comprender la lógica de las ecuaciones y los axiomas, que ciertas mentes impresionantes dedujeron con exactitud en laboratorios oscuros. La ciencia me ha sorprendido, realmente me ha desbordado y desearía poseer una memoria que pudiera contener todas las fórmulas diseñadas, que fuera capaz de recordar todas las caras que he saludado, todos los paisajes que visité en mi niñez y las canciones que mis tatas me enseñaron, mientras comía, me acostaba o aprendía a leer.

Me gusta jugar en grupo y comer mousse de nata, adivinando personajes con la boca manchada y la sonrisa en los labios. Hacemos fotos, miles de fotos en cada encuentro y, en un corro de manos nerviosas de todos los tamaños, jugamos a los telegramas y morimos de risa.

En el colegio el sol de la mañana refleja sombras grandes y pequeñas, y aunque debería prestar atención, en las asignaturas más teóricas mi cerebro se evade por pensamientos hilados de pasado y futuro, como un álbum de imágenes que se pudiera ojear del derecho y del revés. Un álbum donde mi infancia se alarga y aparecen parientes, paisajes, fechas claves, bautizos, primeras comuniones, Navidades con los abuelos, tardes de circo y de cine, y por supuesto chocolatadas con churros y porras exquisitos.

Solo que hay varias cosas que no aparecen en las fotos, y que son el olor a mar en Menorca, el aroma a pasteles en el centro de Madrid, el perfume a lilas por las calles de Córdoba, y otros mil paisajes y sensaciones de ensueño grabadas en mi rutina.

Recibo clases de oratoria, de lógica y de varios idiomas todas las tardes y después, a la hora de dormir o cuando vuelvo a casa en coche, atravesando carreteras atestadas, repito poemas que se me vienen a la boca y me ayudan a memorizar y a relacionar unos hechos y otros. Muchos hechos. Tengo varias asignaturas favoritas, aunque confundo algunas fechas y siglos, ansiando tener la precisión de las personas que saben encajar estilos artísticos y movimientos literarios, batallas y revoluciones, épocas y ministros, sin mezclarlo todo.

Querría una asignatura que hablara de mujeres en todas sus facetas, no solo de hombres ilustres, calvos y serios. No solo de generales y obispos, sino de madres y reinas, de enfermeras, de brujas sanadoras, de escritoras y artistas con sus obras guardadas en armarios y cajones. También de princesas estudiosas y valientes, sorteando su miedo. Miedo al futuro incierto, a no dar la talla, a que la responsabilidad me acompleje, a que mis amigas se espanten.

Me siento, a la hora de la comida, con varios compañeros y compañeras en el comedor, de techos altos y mesas alargadas, donde la algarabía se te mete en los oídos y el ruido de los tenedores y la charla se apodera de ti para dejarte afónica. El hambre se impone cada medio día y yo como hasta el último bocado de todo cuanto me sirvo. Adoro los platos de cuchara, creo que más que cualquier otro, y desde luego el postre, sea el que sea.

—Leonor ¿haces conmigo el trabajo de ciencias? —me pregunta Candela trayendo su bandeja de comida a la mesa.

—Elena me ha dicho antes que lo hiciera con ella. Habíamos hablado de tratar la posible existencia de agua en algún satélite del sistema solar.

—Podemos trabajar con Ignacio también y con Juanjo, que estaban en el equipo de Elena.

Los trabajos en grupo, que nos pasamos el día componiendo, son una curiosa manera de estudiar, que no termina de convencerme, pues cada miembro trabaja de forma y cantidad diferente, abismalmente diferente.

Además, observo, a veces con claridad y otras de una forma sutil, cómo mis compañeros se dirigen a mí. Intento ser prudente, que no quiere decir tímida. Intento ser imparcial, simpática, rápida en matemáticas y en ver venir a la gente interesada, quiero decir a mis propios compañeros aprovechados, pero no siempre distingo el bien del mal, el interés insano y el cariño ajeno. Casi no los diferencio. Crecer es un ejercicio solitario donde nada está garantizado ni llevas a ningún profesor de la mano que te vaya indicando lo que hay que hacer. Tampoco lo querría si lo hubiera. Ya tengo demasiados profesores, es como si mi vida fuera una clase continua y yo tuviera que saber de todo. Lo acepto, sí, lo acepto, pero mi fantasía cada noche es salir corriendo. Huir y dejar plantado a todo el mundo. Bañarme en la playa y sumergirme ante cada ola que vea venir de frente. Reírme hasta la extenuación cada vez que me levante del lecho de arena y la espuma revuelva mis trenzas. Preciso soñar con el mar y el sol dorando la playa, por la que paseo sin vigilantes ni personal de seguridad y nadie me reconoce ni saluda.

El anonimato es el otro puntal de mi utopía. El primero, como decía, es conseguir que todos los componentes de un trabajo de clase en equipo, además de compartir la nota, trabajen de manera proporcional.

Es mentira que Elena quiera trabajar con nosotras. Jamás en su vida se toma en serio una tarea. Es tan inteligente que no lo necesita. Su arte es convencer a los demás de su saber aunque nunca da golpe. Pero yo no se lo puedo decir en la cara. Nadie se lo dirá nunca, porque tiene la virtud de saber tratar a cada cual de la manera más conveniente, de decir las palabras que los demás adoran oír, no las que le ayudarían a cambiar.

—Deberíamos escribir entre ocho y doce páginas —indica Juanjo que se acaba de sentar a comer con nosotras, y al parecer se incorpora a la conversación iniciada como si la hubiera escuchado.

Es peculiar este chico que come junto a mí, que juega al voleibol de maravilla, y al que también se le da bien estudiar, cuando lo hace. Sé que a mis compañeros los agobia la pereza, pero a mí no me lo permiten ni mi conciencia ni nadie de los que están a mi lado. La responsabilidad me come empezando por las manos y después sube por el cuello y me llega al cerebro. Luego no me deja dormir, me oprime y me hace levantarme. Como si la presión del aire me quemara en la garganta.

A Sonia le gusta Juanjo desde que estábamos en Segundo de Primaria. Ella siempre asiste a los partidos de la liguilla, porque el polideportivo donde se juegan está cerca de su casa. Yo no tengo nada interesante junto a la mía. Cualquier evento, cualquier dirección está lejos de mi hogar. Me pregunto cómo se vive en un bloque de pisos. Si se oyen todos los ruidos, como sospecho, si se puede dormir, si se llevan bien los vecinos o no se soportan. Si todos los libros, la ropa y los cuadros caben en una casa de tres habitaciones con un cuarto de baño para padres e hijos.

—Tendremos que repartirnos la tarea. Cada uno deberá estudiar y redactar el texto, la composición y el movimiento de dos planetas, a elegir —comento mientras ataco el puré. Es de verduras, sabe a calabaza y a puerro y está espolvoreado de pan tostado. Es curiosa la calabaza. Cuando está entera y le metemos una vela dentro, luchando contra sus semillas, me recuerda mi cumpleaños, que cae en Halloween. Siempre lo celebro en medio de amigas vestidas de brujas y amigos disfrazados de payasos sanguinarios.

El terror ni siquiera me impresiona, pero no me vuelve loca como a mis amigas. Prefiero una película real, una donde los personajes sufran y gocen con historias comprensibles, sin cadáveres, monstruos ni fantasmas, sin animales muertos ni sangre postiza, sin heridas ficticias ni gritos de ultratumba. Porque la realidad a veces produce más miedo que la película inventada y tienes que tragarte el temor masticándolo y apretando las manos. Hablar en público es, o lo era, un desafío terrorífico, mucho peor que un gato parlante o un zombi destripado. Ya he pronunciado discursos varias veces y otras muchas más lo he ensayado. Mi estómago padece durante horas y hasta un segundo antes de empezar a hablar intento pronunciar lo que debo y acordarme de todos los consejos escuchados, pero de repente, al inicio del discurso, yo no sé qué ocurre que no distingo los rostros del público y olvido mi temor. No hablo a la gente, hablo a una persona, no sé a cuál en concreto, pero es como si ya no hubiera decenas de ojos frente a mí, sino solo un ser humano que me escucha con atención y que a veces se duerme y otras se cansa, en especial si lo que digo es demasiado pomposo, irreal o abstracto.

Me parece bien repartirnos el trabajo de ciencias, es lo obligado, pero hacerlo por páginas supone que habrá que darle a cada astro del sistema solar una importancia igual, cuando cada uno es independiente y da para contar y contar durante decenas de páginas.

El profesor de ciencias es guapísimo. Riñe demasiado y quiere silencio absoluto en la clase. No le cuadra ser tan exigente y a la vez tan moderno. Nos habla de ecología, de fauna y de flora, de paisajes españoles donde anidan pájaros de nombres desconocidos por mí, de sierras verdes cuajadas de fósiles y de restos paleontológicos. Se nos queda mirando y señalando, haciéndonos culpables a nosotros, sus alumnos, del cambio climático, por no tirar la basura correctamente, por abusar de la calefacción, por ir en coche, en el coche de nuestros padres o madres a clase, por viajar en avión en vacaciones, por devorar postres envueltos en miles de plásticos. ¿Qué podemos hacer para evitarlo? ¿no comer? ¿no venir al colegio? ¿morirnos de frío en invierno? “No tenemos planeta B” leo en cantidad de campañas y eso me llega al alma, como a todos los chicos y chicas de mi generación. Cuando recorro con mis padres Asturias o Barcelona, además de distintos parajes y ciudades de nuestra patria, la tierra de nuestros antepasados y abuelos, el territorio que ha visto a fenicios, árabes, iberos, celtas y romanos desembarcar en la costa, escalar las montañas, sembrar en los valles y construir los pueblos, sufro pensando que alguna de estas maravillas se deteriore o se pierda.

En las clases de la tarde, si me vuelvo melancólica, siento las lágrimas aflorando como un licor caliente que pugnara en mis ojos. Si pienso en el futuro, en las tareas que me esperan, en los años que vendrán, llenos de deberes y compromisos, el miedo me revuelve por dentro y me muerdo los labios, nerviosa. Pero miro a mis profesores, veo a mi hermana que siempre me apoya y camina al lado, contemplo a mi familia y a mis amigas y decido al punto que no quiero ser cobarde, o, al menos, que no quiero parecerlo.

—Leonor, ¿vendrás a mi cumpleaños el viernes? Lo celebraré en el centro comercial de Majadahonda y va a venir toda la clase.

—Me encantará ir, María, gracias.

Los cumpleaños son algo que nadie se quiere perder, pero soy consciente de que no siempre terminan bien. Veintidós alumnos y alumnas, uno o dos menos porque siempre alguien enferma o tiene que ir al dentista, son veintidós historias y caracteres particulares: unos se cansan de tarta a los diez minutos, otras murmuran de una tercera persona y casi todo el mundo bromea sobre profesores, grupos musicales y deportistas. Además, la fiesta siempre empieza con buen pie y amabilidad general, pero, avanzando las horas, los mensajes de los móviles, los vídeos cómicos, las fotografías realizadas a la comida, a los compañeros, al local con sus luces y mesas, ocupan todas las conversaciones y el ambiente se vuelve más cansino. Pero las cosas son como son y en otras reuniones más íntimas podemos seguir hablando de amores difíciles, de trabajos en grupo, de películas, de series televisivas, de las camisetas que nos compraremos y pondremos cuando dejemos de llevar la misma ropa. Porque ya sé que el uniforme es práctico, y cómodo, pero te cansa, te anula en la multitud, te despersonaliza. Llevo muchos años vistiéndolo cada día, y quisiera abandonarlo, aunque doy un voto de confianza a quienes lo imponen con sus criterios docentes. Algún día dejaré de llevarlo, es cuestión de esperar, y aunque tengo prisa por crecer, por saber, por acabar el curso, reconozco que el verano se me hace muy largo, eterno más bien, incluso considerando los campamentos a los que voy con mi hermana normalmente, las visitas a Mallorca, e incluso los viajes por Europa.

Hemos escrito dedicatorias en una tarjeta gigante de felicitación para María. Yo le regalaré un libro. Siempre regalo libros, y quizá también bombones almendrados, empaquetados con una cinta bicolor, que me encanta paladear solos o con galletas rellenas de mermelada. Sí, ya sé que hay que comer de manera saludable, y que ser golosa no es bueno para los dientes ni para la cintura, pero el chocolate es un invento de los dioses que, si está envuelto en una caja dorada, incluso me gusta más al saborearlo.

—Luego iremos a la bolera, si tus padres te dejan quedarte hasta más tarde.

—Me encanta jugar a los bolos. Es mágica la fuerza de una bola serpenteando a toda vela por un carril encerado y emocionante comprobar que ha tirado todos.

—Sí, a mí me gusta mucho también. Además la bolera es un lugar para adultos, con sus luces, su café, la megafonía y todo lo demás.

A María le brillan los ojos y tal vez los míos relucen a su vez recordando otras fiestas, desde que éramos pequeñas y estábamos en los primeros cursos en boleras, en pistas de patinaje, en casas rurales e incluso en cuestas nevadas, de esquí, blancas y cegadoras por la luz solar.

Al acabar las clases del día, me quedo en el colegio practicando tenis o baloncesto, también gimnasia rítmica los lunes y los jueves. En verano salimos a navegar con mi padre y los abuelos, de tal forma que el deporte ocupa, si no la mitad, sí gran parte de mi vida. Creo, de esta forma, que mi cuerpo se curte con el estudio y mi mente se fortalece con el ejercicio físico. Con esta combinación se combate la incertidumbre y la pereza, esa que a veces me acecha los días nublados o las tardes de domingo, cuando consulto la agenda de la semana siguiente. Mi vida está planificada al segundo, para no perder el tiempo ni hacérselo perder a nadie. Pero no siempre las cosas se cumplen con la puntualidad y rectitud esperadas, de hecho cada día me sorprende con una excentricidad, con una sorpresa que acorta la clase de lengua, con un simulacro de incendio en todo el colegio, con una confidencia de mis compañeras. Eso es lo que aborrezco: la maledicencia, la calumnia rápida, la mentira escandalosamente piadosa. No me extraña que en el mundo de los adolescentes se inventen tantas estupideces sobre comportamientos, fortunas o amores, porque en el de los adultos, incluso vistiéndolos de esnobismo, la falta de verdad es desesperante.

Creen que no la advierto, que vivo en una burbuja de cristal, pero huelo la hipocresía desde lejos, con su hedor a barro e inmundicia. Es un don que heredo y que nadie advierte, este de volver transparente a la gente. Me dan la mano y siento lo que no quieren transmitir: su cansancio, su desprecio y su envidia. Anhelan mi juventud y mi posición social. Me juzgan estúpida e interesada. Creen que no me merezco mi vida fácil y que ellos han hecho mucho más méritos a lo largo de su vida. Tienen su punto de razón, no se lo discuto, pero me cansa ser juzgada a todas horas por gente que gasta la mitad de su tiempo en adulaciones, en ostentación y en culto exclusivo al cuerpo. Si no fuera princesa, no tendría ni a la mitad de gente espiándome, mintiéndome, dándome su parecer a cualquier hora. Sería maravilloso ser libre, tomar el autobús con mi hermana y bajarnos en cada parada, posicionarme en la fila de las hamburguesas o en la de las pizzas y comerlas con las manos en una mesa sucia, como todo el mundo.

Es estupendo cuando vamos a alguna gestión en el coche de mi padre, a alguna celebración familiar en el centro de Madrid. Adoro mirar los álbumes de fotos, contemplar una y otra vez mis primeras horas de vida, ver los rostros de mis primos de niños, en fin, volver atrás y emocionarnos con la moda atrasada, los rostros más jóvenes, y la vida adulta a punto de empezar. Después de admirar por enésima vez los álbumes me pregunto si alguien sabe dónde se va el tiempo pasado, el amor de los que han muerto o las horas que ya no existen.

Quiero ir a buscar los años de mi infancia a punto de acabar, las tardes con mis abuelas paseando por el centro de la ciudad a finales de diciembre, las compras de figuritas del Belén en la plaza mayor de Madrid, las sobremesas en el cine con una bolsa inmensa de palomitas y las amigas del campamento, en fin, todos esos días de fin de curso con la entrega de diplomas, los discursos, los videos y nuestro baile en el escenario, decenas de bailes en el escenario, con mis padres aplaudiendo enfrente.

Es maravilloso salir a cualquier sitio con los compañeros y amigas de clase. No tiene nada que ver con los aburrimientos y los deberes diarios. Es algo aún mejor que los recreos o las risas bobas por cualquier frase que no encaja ni se espera que lo haga, y que resulta graciosa de puro banal. Tiene que ver con el mundo exterior y la sensación de hermandad que nos invade como grupo. Son muchos cursos los que llevamos conviviendo, estudiando, hablando, creciendo. Siento que no podremos separarnos nunca, que siempre recordaremos a este y aquel profesor con añoranza, que nos felicitaremos en cada aniversario y en cada Navidad, porque hemos compartido días nublados, tardes entretenidas y funciones de teatro ensayadas durante horas con ilusión. Es que en el fondo mis compañeros me amparan y yo no quisiera salir de su grupo. No deseo abandonar nunca su compañía ni la comodidad de su conversación y sus sonrisas.

El futuro me espera tanto como a ellos. Es de colores y agua salada, quizá de cristal de roca y granito, con briznas de hierba, con calor y con lluvia. Nos debemos respeto y cariño unos a otros. Es posible que reinar no sea tan solitario y difícil como imagino. No lo sería si España fueran mis compañeros, si ellos me ampararan en las dificultades y en las decisiones. Si no cambiaran de forma de ser y su cariño me alentara de por vida.

Este sitio utiliza cookies para ofrecerle una mejor experiencia de navegación. Al navegar por este sitio web, aceptas el uso que hacemos de las cookies.