LA AUTOPSIA. Un poema de Francisco Mas-Magro

                                                                     A mi maestro, profesor Luis Álvarez.
                                                                    Facultad de Medicina de Granada.

I     

Invade el desconsuelo la extensa oquedad del paritorio:
El niño previsto en el desierto de la vida ha muerto.
En el tenso ambiente de la sala,
sábanas limpias y cuna desabrigada.

Una salvilla de acero es el cobijo. Un mundo,
de barreño cuarteado.

Es cierto que la vida le aguardaba herida, solitaria acaso.
Lo que es la vida que golpea en un descuido.
He ahí el niño. Muerta materia entristecida. ¿Quién arruinó su llanto?
Un corazón errado aniquiló el sollozo.
Y, será el múltiple fracaso
un confuso traspié de arquitectura
y una estrella que se prende allá en el cosmos.
El derredor triste de la estancia es amor de quebranto,
desazón de aire arrebatado,
de niño desnudo que no duerme, que sí vuela
por los nacientes peldaños del cielo.

Ya ves, revolotea
sin saber de la memoria.
Hiende el espacio eterno
sin notar el abandono.
Como un niño por los rincones del sueño.

¿Y la memoria?
Un punto y aparte que grita
bajo el árido acontecer de la pena,
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando.

II

Desde la confusa fantasía del niño el alma corre
por donde el tiempo no es mimo.
Huye,
el alma,
del beso areolar de la madre.
Abandona,
el niño,
el amor de leche,
ese amor de tibia savia del alma.

Aquel rayo,
un carnívoro cuchillo de ala dulce y homicida,
es imposible latido de un corazón maltrecho
sonrosada brizna de hombre,
marchito
en el dintel del aliento.

Y es ahora
ese cuerpo diminuto,
un cuerpo despojado,
tesis que duerme en un catre de acero,
enramada de reposo,
rígido lugar, sobrio regazo de silencio.

Silencio de lluvias,
Silencio de lunas
y de estrellas y de soles y de playas.
Silencio de silencios.
Severo rincón que huele,
en la mudez de la estancia,
a luz helada,
a neón de niebla abatida.

III

(Desde su cuerpo a mis manos camina un corazón apagado).
Viene a mí, tan callando.
Cuán presto el placer se ha dormido
en la ignorancia de su muerte.

Y acude
a mí y es la habitación
pequeña
y es la habitación
que exhala seriedad
de ceremonia,
de escalpelos,
de pinzas.
(Las tijeras y un compás).

Allí,
en el mínimo mármol lavado,
se huele a formol y a lejía.
Se huele a temblor, a sentimientos
que recogen
un cuerpecito nacarado en brazos del fracaso.
Sus manos cerradas,
sus ojos cerrados.
Duerme esa eternidad de sombría incógnita.

IV

Casi puedo ver el alma
volando
y es una sombra,
¿una leve sonrisa?
Un aliento turbado
que arde como gritos a la vida,
sin respuesta.

El alma no reprende
al confuso corazón
maltrecho.
Y riñe, sin duda,
el alma,
al hombre hundido en su bata,
blancura que se extiende hacia unas manos
que envuelven,
sí, abrazan,
el cuerpo lívido del niño;
y observa
y busca,
y siente como un dolor
al ser huido.

He ahí el hombre. Manos calientes,
manos rendidas al frío cadáver.
Los dedos
vencen
el irracional intento,
instintivo,
piadoso,
rabiado,
de soplarle la vida
a esa muerte
que ocupa el silencio mustio de la sala.

V

Para mi corazón basta tu pecho,
y en este corazón es donde ahora habito.
Y lo busco.
Y lo repaso.
Brilla el escalpelo
sobre un tórax diminuto
y bajo la lupa el cuerpo queda abierto.

El cuerpo derrotado.
Y es un pesar aquella herida delineada,
intima puerta del pecho.
Y asoma un corazón
que se abre como fruta.

El lápiz esboza con destreza
la extensa ficha
del misterio.
Traspasa la emoción del corazón a los apuntes.
Como el canto que penetra el muro de la sala
llorando
la serrana:
Que doblen la campanas
doblen con dolor.
Que se ha muerto el niño de mi alma,
de mi corazón.

Poemario cuatro: “Llegar a ti”.

Francisco Mas-Magro y Magro (Noviembre 2020)

Ilustración: Fotografía de Consuelo Jiménez de Cisneros. Grafiti de la calle Miguel Servet de Madrid.

 

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