ESTANCIAS EN LA FINITUD de Javier Puig

Reseña de Consuelo Jiménez de Cisneros.

Javier Puig (Barcelona, 1958), del que reseñamos recientemente su libro de ensayo biográfico La vida es lo difícil, nos ofrece en esta plaquette editada por Lunara Poesía (Elche, 2020) cuya ilustración de portada nos sitúa en el universo levantino de las palmeras y los anchos cielos sin horizonte, un repertorio de versos que bastan para apreciar la delicadeza y elegancia de su escritura lírica. Son versos dedicados conjuntamente «A todas las almas que me despiertan un sentir solidario», y particularmente a muchas de esas almas o personas que forman parte de la vida del poeta por relaciones de familia, de amor, de amistad, por esos bellos encuentros que aportan y en los que se comparte. Así aparecen poemas dedicados al padre, a la madre, a Sole, a Helena… Poemas en los que se reflexiona sobre la vida con hondura y sencillez. Hay también poemas inspirados por la música de Satie o de Bach, por un cuadro de Goyo Pérez o de Antonio López visto a través de los ojos de un cineasta (Víctor Erice) que le regala un título lleno de luz y oro que es un verso: El sol del membrillo. Pues el arte es fuente del arte, y su transversalidad, su interdisciplinariedad constituye un hecho enriquecedor. Pensemos en los poetas que tocan el piano (Lorca, Diego) o que dibujan o pintan (Alberti).

La métrica es de verso libre. Difícil resulta sustentar un ritmo que no se apoya en los caireles de la medida y la rima, pero Puig lo consigue. Sus poemas mantienen ese ritmo que los distingue de la prosa gracias a las anáforas, las elipsis, el cuidado lenguaje retórico que crea metáforas e imágenes nítidas a cada paso, a cada verso.

En una reciente poética que me pidieron que redactara para mis versos, yo escribía que mi poesía era yo y que yo era mi poesía. Considero que esta doble afirmación bien podría aplicarse al poemario Estancias en la finitud (hermosa forma de denominar la vida) del poeta Javier Puig, que nos traza un autorretrato moral, una emotiva etopeya en la que logra el equilibrio entre el sentimiento y la reflexión, ubicado en un punto del tiempo desde el cual se puede mirar al pasado con amor, pero sin nostalgia y al futuro con consciencia pero sin temores.

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