¿DERRIBAMOS LA CULTURA CLÁSICA? CONSIDERACIONES PARA UN DEBATE

estética clásica en un edificio madrileño

La cultura clásica grecolatina forma parte sustancial de nuestro ADN y aporta a la Humanidad valores incuestionables.

Cada pueblo tiene la cultura que ha recibido de sus antepasados. Con la globalización hay que hacerse partícipes de todas las culturas y poner fin a un etnocentrismo que ya no se sostiene. Ahora bien, culpar a la cultura clásica grecolatina de ser una excusa que ha servido para justificar la dominación de la raza blanca, considerándola superior a las otras, nos parece una «boutade». Estudiar y admirar la cultura clásica grecolatina no nos impide estudiar y admirar las aportaciones de otras culturas, algo comúnmente admitido (todos sabemos que la pólvora y el papel los inventaron los chinos y no los griegos, o que los aztecas tenían un calendario en nada inferior al gregoriano).

Lo anterior nos lleva a expresar nuestra disconformidad con la interpretación que de la cultura clásica hace un profesor de Princeton llamado Dan-El Padilla. Es muy posible que este profesor esté mediatizado por su origen (República Dominicana) y su raza (negra). Todos recibimos todo tipo de informaciones y de emociones ad modum recipientis, lo que significa que los recibimos según es o se encuentra cada uno. De ahí que nuestra percepción no sea objetiva, sino desde nuestro particular punto de vista, influenciado por premisas incontrolables. Por eso, para lograr una aproximación objetiva, nos hemos de basar en datos empíricos, y ello incluye documentos y hechos históricos verificados.

No se puede juzgar el pasado con criterios del presente. No se puede aplicar la corrección política a la historia de hace más de dos mil años. No se puede demonizar a una raza para redimir a otra. Ninguna raza tiene la exclusiva de la bondad o de la maldad, de la inteligencia o de la necedad. Hay blancos buenos y blancos malos, blancos listos y blancos tontos. Hay negros buenos y negros malos, negros listos y negros tontos. ¿Habrá que recordar al profesor de Princeton que está donde está gracias a un blanco que le ayudó cuando era un niño sin posibilidades, algo sin duda injusto, pero cierto? ¿Habrá que recordarle que en su isla natal los reyezuelos negros fueron de una crueldad antológica contra sus propios súbditos también negros, como recoge en su literatura un autor cubano llamado Alejo Carpentier? Tampoco se puede renunciar a unos símbolos porque los hayan utilizado ideologías que rechazamos. ¿Renunciaremos a la estética clásica porque la lucieron los nazis o los del ku-klus-klan? Entonces, los españoles de la democracia no podríamos exhibir la bandera nacional porque la usó Franco.

Habría que conocer en profundidad esa cultura clásica que El Padilla cuestiona. Todos sabemos que era una sociedad imperfecta: la nuestra también lo es. Cada edad histórica tiene sus imperfecciones. Pero en aquella época escribió Sófocles su inmortal descripción del ser humano en el coro de Antígona, donde no le pone color de piel: se adiestró en el arte de la palabra y en el pensamiento, sutil como el viento, que dio vida a las costumbres Y en aquella sociedad, a pesar de las leyes contrarias, había puertas abiertas para las mujeres, para los «metecos» (extranjeros) y había tolerancia para prácticas que luego serían tabú. Sobre todo, había personas: seres humanos con sentido común, con juicio. Seres humanos, hombres y mujeres, capaces de observar, de analizar, de hacer ciencia y filosofía sin reparar en el pigmento dérmico. Para nosotros, más allá o más acá de cualquier interpretación novedosa (quién sabe si, en el fondo, «pour épater le bourgeois»), la cultura clásica grecolatina es un monumento inmarcesible, pilar de la cultura universal -no solo de la occidental-, que proclamó principios de arte, de ciencia, de ética y de humanidad que no han perdido vigencia.

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