UN FIN DE SEMANA EN ÁVILA, TIERRA DE SANTOS Y CANTOS

Autora: Consuelo Jiménez de Cisneros.

Habrá que decir para los más jóvenes que la expresión «tierra de santos y cantos» se relaciona, en primer lugar, con el hecho de haber sido Ávila cuna de Santa Teresa de Jesús, personalidad relevante más allá de lo religioso; en cuanto a los cantos, no se trata de canciones, sino de pedruscos, y eso nos retrotrae a los vetones, antiguo pueblo que habitaba la región abulense en épocas remotas y utilizaba las piedras con gran maestría, inclusive para sembrar el suelo con los cantos de punta para dificultar así el paso de un posible enemigo.

Fotografía de una escultura vetona en el Museo de la Diputación de Ávila

Todo el mundo conoce de Ávila las espectaculares murallas tan bien conservadas, y las conoce incluso aunque no haya estado nunca en Ávila, por las fotografías e ilustraciones. Pero Ávila tiene mucho más que murallas, dentro y fuera de las mismas, y merece una visita sin duda más detenida que la que yo pude realizar.

Fernando Sánchez Dragó en la inauguración de los XXXV Encuentros Eleusinos

No hace falta una razón para venir a Ávila. No dejo de recomendar constantemente el turismo interior por esta España mía, esta España nuestra, repleta de tesoros poco conocidos que nunca defrauda. Pero hay que decir que en esta ocasión me trajo a Ávila el XXXV Encuentro Eleusino presidido por el incombustible Fernando Sánchez Dragó, que a sus ochenta y cinco años largos sigue dominando el arte de la palabra (amén del de la escritura) y, se esté o no de acuerdo con todo lo que cuenta y con cómo lo cuenta, siempre resulta fascinante escucharle.

El Camino de Santiago también pasa por Ávila

Tengo que reconocer que me escapé de alguna conferencia para revisitar Ávila, donde hacía décadas que no posaba la planta, y que, a diferencia de Santa Teresa, yo no tengo que sacudir el polvo de las sandalias. Eso, en todo caso, lo haría en otra parte. Y tampoco, porque siempre hay un justo que salva la ciudad y redime las miserias de la mediocridad y la envidia, lo que tanto tuvo que sufrir la santa de Ávila.

Museo de Santa Teresa. Recreación del huerto donde la santa, de niña, jugaba con su hermano Rodrigo

Hice un recorrido vario, todo él altamente recomendable. El primer día no tuve tiempo de visitar en su totalidad el Museo de Santa Teresa, ubicado en la cripta de la catedral, y regresé al día siguiente, y los conserjes fueron tan amables que me dejaron entrar por segunda vez sin pagar una nueva entrada. Esto es lo que más aprecio de los lugares no masificados, donde somos personas que podemos comunicarnos con personas, y así uno de los vigilantes del museo me acompañó en parte de mi paseo y me hizo reparar en detalles que quizá se le habrían pasado por alto sin sus atinadas observaciones. Estaba claro que no me acompañaba para controlarme o por desconfianza, como me ha sucedido en otros museos, sino porque me vio interesada, le hice alguna pregunta y quiso contribuir a ilustrarme. Da gusto hacer turismo por lugares encantadores y misteriosos, como esa inmensa cripta, sin soportar las masas de turistas de los del palo de selfie.

Una vista de la cripta donde se ubica el museo teresiano

Entre las curiosidades de ese museo está el que tuvieran que recolocar los restos de ciento cincuenta frailes que yacían en la cripta esperando esa otra vida en la que curiosamente cree mucha gente no creyente, sea por esa espiritualidad new age tan de moda desde hace décadas o por otras razones. Solo tres tumbas en el suelo recuerdan el uso anterior que tuvo el lugar.

San Pedro de Alcántara fue uno de los autores que apoyaron a Santa Teresa.

También es una satisfacción ver que varones contemporáneos a Teresa fueron capaces de apreciar su obra singular e incluso, en algún caso, de rectificar una opinión previa desfavorable, lo cual implica poseer esas raras cualidades de sabiduría y humildad. Igualmente me agradó ver las traducciones de las obras teresianas a las más diversas lenguas. Yo empecé mi carrera ensayística de la mano de Santa Teresa; mi primer ensayo digno de ese nombre, aunque su autora solo tuviera catorce años versaba sobre la obra de la santa y era una ingenua aproximación a mis primeras lecturas; obtuvo un premio literario en el colegio de la Institución Teresiana, de agridulce memoria, en el que yo entonces estudiaba. Luego le he dedicado a Santa Teresa numerosos y variados versos que no han obtenido ningún reconocimiento aunque sí la satisfacción de escribirlos.

Puerta de acceso a la Biblioteca Pública de Ávila

Contigua a la Hospedería había un lugar de libre acceso con reliquias y tienda de recuerdos. En ella se exhibían muchos libros expuestos en una amplia vitrina. Libros que probablemente nadie compraba, porque no podían hojearse de antemano. El vendedor ofrecía como valiosa información repetir el título y el autor que figuraban en la portada, así que de allí salí sin libro alguno, aunque lo compensé llenando mi maleta con libros de los ponentes del Encuentro Eleusino y con otros que encontré en mi ruta abulense, desde el divulgativo sobre los vetones hasta la espectacular revista-libro El cobaya que me proporcionaron en una sala de exposiciones ubicada al pie de la muralla, junto a la Biblioteca Pública que ocupa un noble solar frente a la catedral.

Puerta decorativa del Palacio-Museo dedicado a Guido Caprotti

Sin duda una de las visitas más impactantes fue la del palacio contiguo a la Diputación donde vivió el artista Guido Caprotti, protagonista de una historia singular. Descubrió Ávila por puro azar, durante un viaje en tren, el cual se tuvo que detener allí a causa de una intensa nevada. Como diría Dragó, el viajero sufrió (o gozó) de una epifanía que cambiaría su vida para siempre. Se instaló en Ávila, se casó con una abulense también artista (miniaturista) y tuvieron, entre otros, un hijo, Óscar, igualmente atraído por el arte: en su caso, la escultura.

Evocativo rincón del Museo del Ejército de Ávila dedicado a la Intendencia

No puedo terminar este recorrido sin mencionar el Museo del Ejército dedicado a la intendencia, ubicado en el Palacio de Polentinos, uno de esos hermosos edificios de piedra con solemnes patios centrales. Las diversas salas con objetos, fotografías, documentos y banderas dan buena muestra de la disciplina, la generosidad y el heroísmo de tantos militares cuyas mayores hazañas fueron llevar comida, agua y mantas a sus compañeros en los puestos de vanguardia. Un museo que nos hace evocar los versos inmortales de Calderón: «la milicia no es más que una / religión de hombres honrados».

Portada de la iglesia del Hospital de Santa Escolástica, de estilo gótico renacentista

Todo esto y mucho más se puede encontrar en la vetusta ciudad de Ávila, hoy con menos cipreses delibeanos y con más turistas foráneos, alegrada por el tranvía a la antigua usanza que recorre sus calles y sus plazas intramuros y extramuros. Si París bien vale una misa, Ávila bien vale una visita, y que sea lo más extensa posible.

Fotografías: Consuelo Jiménez de Cisneros.

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