REFLEXIONES Y EXPERIENCIAS DE UN MAESTRO

Autor: Juan Antonio Urbano Cardona

EDUCACIÓN: FAMILIA Y ESCUELA I

Educar es creer en la capacidad del recién nacido de aprender. Para educar hay que estar convencidos de que hay cosas que deben ser sabidas para satisfacer la curiosidad (cualidad innata del ser humano, gracias a la cual aprendemos y por lo tanto progresamos y evolucionamos) y debemos entender que los hombres podemos mejorarnos unos a otros compartiendo nuestros conocimientos. Desde la Prehistoria, el hombre ha tenido como escuela de aprendizaje su propia experiencia y la asimilación de las cosas aprendidas por otros.

Cuando empecé la apasionante aventura de la enseñanza, allá por el año 1981, ya tenía la idea de que educar era pensar que el ser humano puede ir perfeccionándose y que no bastaba con impartir, sólo, los contenidos que venían en el libro, que debía fomentar entre mis alumnos el interés por las cosas que nos rodean, por las historias del pasado que envolvían la mitología griega, por la misteriosa incertidumbre del universo con sus agujeros negros, por mostrarles el exótico mundo de los dinosaurios (cuando aún no se hablaba de ellos en la escuela…), hasta que un día aparecieron en las pantallas de los cines en un Parque Jurásico y dejé de presentarles a esos magníficos amigos porque ya estaban en boca de todos. Pero también entendía que educar no era sólo eso, impartir conocimientos y satisfacer curiosidades, sino aportar elementos que hicieran que mis alumnos crecieran con unos valores que les fueran formando como personas y que aprendieran a vivir de forma más armónica con el resto de compañeros, para así saber convivir en sociedad. Y por otro lado, creía que debían ir adquiriendo su propio criterio, tener sus propias opiniones para no verse arrastrados por intereses ajenos en una sociedad que lleva al consumismo desbordado para enriquecimiento de otros y cada vez más ningunea los principios que hacen de hombres y mujeres más personas humanas.

En la celebración del 90 aniversario de la fundación del colegio, se reunieron alumnos, antiguos alumnos, padres y personas que tenían o habían tenido alguna relación con el centro educativo. Se fueron enseñando por grupos las instalaciones que muchos veían cambiadas por las distintas remodelaciones, aunque la estructura era la misma. Se tomaron unos aperitivos variados y se inmortalizó aquel acontecimiento con fotografías por grupos y por promociones. Pero de entre todos los recuerdos de ese día hay uno que guardo con especial cariño y no es por el hecho en sí, sino por lo que significaba. A mitad de mañana se me acercó un antiguo alumno, nos saludamos y acto seguido, me pidió perdón. Le pregunté que por qué, y me dijo que por lo que me había hecho rabiar. Le contesté que no me acordaba de eso y le di un abrazo. Un grupo de compañeros de su promoción nos rodearon para comprobar que cumplía su palabra de disculparse y al ver que si cumplió se marcharon amigablemente. Eso me hizo sentir feliz, no por el hecho en sí, sino porque el propósito de tratar de transmitir valores había hecho efecto con el paso del tiempo, que la semilla que yo pude plantar un día había germinado con el tiempo.

Muchas veces lo que un maestro o profesor se propone no tiene efecto inmediato, pero lo que importa es que sirva de base para ayudar a conformar la personalidad de los futuros ciudadanos, a hacer crecer a los chavales como personas con principios enriquecedores.

Hace unos meses un antiguo alumno se puso en contacto conmigo a través del privado de Facebook para saludarme y hacerme una petición. Me comentaba que era muy aficionado a la Ciencia Ficción gracias a que cuando tenía unos nueve años leí en clase un libro con cuatro relatos. Me preguntó si me acordaba del título del libro… Sí me acordaba, era “Historias secretas del espacio”. Me levanté, fui a la biblioteca e hice una foto a aquel libro infantil que todavía conservo. Y se la mandé. Al rato me contestó muy emocionado diciendo que sí era ese, que la portada era como él la recordaba. Me mandó una foto de cuando venía al colegio y su agradecimiento. Una semana más tarde me mandó otra foto en la que aparecía él con su incipiente falta de pelo y en sus manos el libro de su interés que había conseguido comprar. Me dijo que estaba impaciente por volverlo a leer.

Contar esto me ha parecido entrañable y da valor al “poder” que tiene la escuela en la formación de las persona o en la posibilidad de abrir caminos que desarrollarán distintas facetas en la vida de los jóvenes.

No hace mucho releía un libro que en su día me pareció muy interesante y con el que compartía la base de su filosofía y que dará pinceladas de color a este artículo, El valor de educar del catedrático de filosofía Fernando Savater.

Nacemos humanos pero eso no basta: tenemos también que llegar a serlo. Para ello debemos ir preparándonos, formándonos, aprendiendo y madurando. Sin embargo los demás seres vivos ya nacen siendo lo que definitivamente van a ser: en muy poco tiempo ya actúan como animales adultos. En el caso del chimpancé, por ejemplo, a lo largo de su vida sólo sabrá repetir las mismas cosas que fue aprendiendo durante la primera fase de su vida, que fue corta, pero los humanos, cuya maduración es mucho más lenta, los niños adquieren nuevos conocimientos y podrán seguir aprendiendo durante toda su vida.

Los humanos nacemos aparentemente demasiado pronto, demasiado indefensos y necesitados de nuestros padres durante un largo periodo de tiempo. Debemos ir aprendiendo a vivir en sociedad, a convivir con los demás miembros del mundo en que nos vamos a desenvolver. Para ello “los recién llegados” deben aprender el lenguaje y los usos rituales y técnicos propios de su cultura, que será la herramienta que el intelecto usará para entender el mundo que le rodea, y este aprendizaje empezará por la imitación de sus semejantes empezando por sus padres y familiares más cercanos. Todos estos aprendizajes son para poder relacionarnos unos con otro ya que necesitamos vivir en comunidad, en sociedad; y en ella aprendemos unos de otros. De ello ya expresé mi opinión en el artículo anterior publicado en este mismo medio ‘No somos islas’.

Haciendo un poco de historia y yendo a los orígenes de nuestra cultura occidental vemos el origen de una distinción fundamental que aún colea hasta nuestros días y que es a los griegos a quienes se les puede atribuir el inicio de esta diferenciación y la idea de separar la educación y la instrucción. Cada una de ellas era ejercida por una figura docente distinta, la del pedagogo y la del maestro. El pedagogo pertenecía al ámbito interno del hogar y convivía con los niños y adolescentes instruyéndoles en los valores de la ciudad, formando su carácter y velando por su integridad moral. En cambio, el maestro era un colaborador externo a la familia y se encargaba de enseñar a los niños una serie de conocimientos como la lectura, la escritura y la aritmética. El pedagogo era un educador y su tarea se consideraba de primordial interés, mientras que el maestro era un simple instructor y su papel estaba valorado como secundario. Los primeros, educaban los espíritus de los hombres libres que se dedicaban a legislar y al debate político; los segundos, instruían a los artesanos y a los siervos que se dedicaban a la vida productiva.

En líneas generales, la educación, orientada a la formación del alma y el cultivo de los valores morales siempre ha sido considerada de más alto rango que la instrucción, que da a conocer destrezas técnicas o teorías científicas hasta que a finales del siglo XVIII alcanzó una consideración comparable, ya que cobra fuerza  la Ilustración, un movimiento cultural caracterizado por la reafirmación del poder de la razón humana frente a la fe y la superstición.  Más tarde el valor de ambas vertientes de los saberes se invirtió dando preponderancia a la geometría y otras ciencias para fundar una educación igualitaria y tolerante, capaz de progresar críticamente más allá de las tradiciones religiosas.

En la actualidad se valora el equilibrio entre la educación cívica y moral y la instrucción de materias técnicas encaminadas a la formación profesional de los ciudadanos. A esto se le llama educación integral, a la formación en ambas vertientes de las personas para que sean capaces de tomar decisiones, de buscar información, de relacionarse positivamente con los demás y que estén preparados para el mundo laboral.

Estos son los principios que a la mayoría de los maestros nos mueve cada vez que entramos en clase u observamos a los alumnos en el pasillo o en el patio del colegio o al llevarnos a casa en el pensamiento los problemas que debemos solucionar al día siguiente y que hacen que un chico o una chica no se sienta feliz.

LA FAMILIA Y LA ESCUELA II (mejor dicho: padres y maestro)

Es en el medio familiar donde los niños empiezan a aprender las primeras cosa que le van a ser esenciales para comunicarse con sus padres y para comenzar a relacionarse con los distintos miembros de la familia. Es en el seno familiar donde los hijos aprenden o mejor dicho, deberían aprender aptitudes tan fundamentales como hablar, asearse, vestirse, obedecer a los mayores, proteger a los más pequeños, convivir con personas de distintas edades (recordemos el claro ejemplo en blanco y negro de la película La gran familia (1962), en la que los hermanos mayores cuidaban a los más pequeños, interpretada por Alberto Closas, Amparo Soler Leal, estaba el carismático abuelo, encarnado magistralmente por José Isbert, el padrino, interpretado por José Luis López Vázquez…); los niños dentro de la familia deben adquirir otros hábitos de convivencia como compartir juguetes y otros objetos, participar en juegos colectivos respetando sus reglas, la costumbre de rezar (si la familia es religiosa), a distinguir, a nivel básico, lo que está bien de lo que está mal, etc. Todo ello conforma lo que los estudiosos llaman «socialización primaria». Después, la escuela, los grupos de amigos, el lugar de trabajo, etc., llevarán a cabo la socialización secundaria, en cuyo proceso adquirirá conocimientos y competencias más especializados.

En el ámbito familiar se aprende a través de la afectividad, y su instrumento más eficaz para que se esfuercen en aprender es la idea de poder perder el cariño, el miedo a dejar de ser amado.

Pero, por otro lado, los niños necesitan conocer unas reglas, tener unas normas claras que ellos puedan entender para saber cómo deben actuar para agradar a los padres, a los adultos y así ser recompensados con la aprobación y por extensión con su afecto, que es lo que necesitan, pues esto les hace sentirse queridos, y así se saben acogidos y protegidos, ya que todavía no son autosuficientes. Es en la familia donde se deben asimilar los principios morales y de relación social, así como las habilidades mínimas (ir al aseo, ponerse el babi, comer solo si se queda en el comedor escolar, etc…) para tener una base sólida con la que empezar a relacionarse y poder vivir con cierta garantía su relación con los demás y con cierta autonomía cuando empiece su periodo escolar. El niño debe ir asimilando una normas que tenemos que transmitirles los padres para que no se sienta perdido en medio del maremágnum de posibilidades a las que debe enfrentarse y tome como referencia costumbres o formas no adecuadas de otros medios que sí se las van a ofrecer (televisión, películas, dibujos animados, otros niños pertenecientes a otras familias con costumbres y educación distintas) actitudes ficticias y alejadas de los principios de la familia o copiadas de las de otros niños que puede que no correspondan con la forma de actuar que deseamos para nuestros hijos. Cuando sea mayor, esté formado como persona y con un criterio propio, entonces podrá decidir libremente. Los niños necesitan unas normas claras de conducta y unos valores que le ayuden a crecer y llegar a ser personas respetuosas para saber convivir, una seguridad en ellos mismos para poder enfrentarse a los problemas que le vayan apareciendo a lo largo de la vida, una fortaleza de ánimo para salir de los fracasos… Eso se aprende desde pequeño en el seno de la familia.

Esta idea de que la familia debe socializar, en las últimas décadas se ha ido disipando. El compromiso y la responsabilidad de los padres en esta labor, en muchas familias ha desaparecido. Se ha cambiado la idea de unos padres con autoridad (la palabra autoridad viene de un verbo latino que significa «ayudar a crecer») sobre sus hijos para conseguir que sean unos niños educados, respetuosos y autosuficientes, que sepan gestionar sus frustraciones dándoles la autonomía necesaria para que sepan desenvolverse y no se “ahoguen en un vaso de agua”; no debemos darle todo hecho para que no sufran y hacerles la vida más cómoda y fácil, porque de esa manera estamos criando seres indefensos, acostumbrados a que se les haga todo y se les resuelva los problemas. ¿Qué hará el adolescente o el joven cuando no estén sus padres para resolverle las complicaciones y no hayan aprendido a gestionar sus emociones? Puede que se hunda.

Quizás este tipo de padres ha ido apareciendo en ciertas generaciones de hombres y mujeres por contraposición al denostado, y con razón, autoritarismo que algunos padres ejercían ante sus hijos, incluso con la aplicación del miedo. Pero tan malo es esto como la dejación de su función educadora y el consentimiento de todo permitiendo rabietas, pataleos, gritos e incluso patadas y golpes de sus hijos sin que estos reciban ni un reproche, ni una sanción, ni si quiera el afeamiento de su conducta para enseñarles a comportarse correctamente. Los niños, que de tontos no tienen ni un pelo, saben que actuando de esta forma consiguen lo que pretenden. Hay niños que con cierta edad aún se comportan como bebés porque no se les ha enseñado a pedir las cosas y las exigen, a saber que muchas veces lo que piden no puede ser o que la decisión de los padres ha de ser respetada y obedecida. He visto muchas veces escenas de este tipo en la puerta del colegio, y en alguna ocasión he tenido que intervenir de forma suave para moderar la situación o tratar de influir es situaciones complejas en las que los padres me lo solicitaban en las visitas de padres de los jueves, que siempre organizaba a tres (padres, alumnos y profesor), los tres pilares fundamentales de la educación, para evaluar los problemas, encontrar soluciones y buscar compromisos. Aunque también me he encontrado con alumnos con ciertos problemas que se debían haber tratado en la familia.

Comentaré un caso de cada uno de las dos situaciones que menciono:

El primero, el de un alumno muy inteligente, cuyo vocabulario, expresiones y razonamientos eran superiores a su edad. No le gustaba realizar las actividades por escrito porque le daba pereza escribir o copiar esquemas de la pizarra y si se confundía montaba en cólera protestando en voz alta y rompiendo el clima de trabajo del aula porque no quería corregirlo o volver a empezar (después de tantas recomendaciones y haciéndole ver los resultados de su esfuerzo, al año siguiente cambió de actitud). Tenía un alto nivel de frustración, que aún mantiene. Cuando se confunde en parte de las contestaciones orales o eran incompletas le daban rabietas y lloriqueaba en voz alta viniéndose abajo diciendo que no sabía nada y que era torpe.

Todo esto es achacable a que los padres no supieron enseñarle a gestionar sus emociones (cuando sacaba sobresalientes pensaba que era el mejor, cuando se equivocaba decía que era el peor y se hundía). La educación en casa es fundamental y la forma de tratar a los hijos es esencial para su formación.

El segundo caso, y no tan reciente como este, sucedió hace algunos años. Era el de una alumna cuyas notas eran de Notable y Sobresaliente en los exámenes escritos. Pero cuando salía a leer o contestaba en público ante sus compañeros casi no se le oía la voz. Llamé al padre (era el que se dejaba ver por el colegio, aunque normalmente son las madres las que vienen a dejar o recoger a los alumnos y muchas ocasiones los abuelos, éstos, sobre todo, en los últimos años) y estuvimos hablando de su hija. Me comentó que el matrimonio se había separado, y eso, pudo afectar a la niña. Por mi parte, siempre que era posible la tenía en cuenta. Al principio la dejaba hablar desde su sitio aunque no llegara a entender bien lo que me decía. Luego, ya le decía que viniera a mi mesa para decirme las cosas igual que cuando hacíamos la prueba de lectura. Pero seguía sin entenderla bien, y le decía que se acercara un poquito más. La niña fue cogiendo confianza y al final se apoyaba en mi brazo para que la pudiera entender. Poco a poco iba hablando con más fuerza. Más adelante le fui indicando que se subiera en una silla que ponía cerca de mi mesa y que desde arriba leyera… Al final se consiguió que la clase entera pudiera oír perfectamente a su compañera. Y ella se sentía feliz. Al finalizar el curso siguiente aceptó leer en la celebración en la iglesia delante de todos los alumnos del colegio, padres y profesores. Su madre, a la que ya había visto tres o cuatro veces, estaba sentada unos bancos delante de mí. Al acabar la celebración fue la primera en salir. Pasó por mi lado sin mirarme, pero yo me sentí satisfecho y feliz de ver lo bien que había leída aquella alumna que ya tendría unos once años.

Unos años más tarde, la hija de una vecina me preguntó el colegio en el que yo trabajaba y me dijo que una compañera suya había sido alumna mía. Y un par de meses más tarde, al volver del colegio, sentadas en los escalones de la portería me encontré a la hija de la vecina con otra joven que se levantó, se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. Hablamos un rato y me dijo que el año siguiente iría a la universidad.

También se puede mencionar algún caso como el de aquel muchacho que según la sicóloga que lo trataba me tenía a mí como referencia de la figura del padre que no había conocido (pero esa es otra historia de las más complicadas que he vivido en la escuela.)

Sigo siendo de la opinión que los problemas y las situaciones complicadas por las que pasan los alumnos y alumnas, tanto escolares como familiares que afecten a la escuela, deben ser tratadas entre padres, alumnos y el profesor tutor unidos en la confianza y en el empeño de buscar soluciones.

LA FAMILIA Y LA ESCUELA III (cuando la familia socializaba)

Cuando la familia socializaba, es decir, cuando la familia enseñaba a los hijos desde pequeños a saber comportarse en el núcleo familiar, unas normas por las que regirse en su relación con los demás, unas habilidades para saber desenvolverse en el mundo que les rodea, unos valores en los que basar su conducta y sus sentimientos… la escuela podía ocuparse sólo de enseñar, de transmitir conocimientos. Pero los padres están muy ocupados en su trabajo y vuelven a casa cansados, tienen unos problemas que muchas veces les quita el sueño y necesitan descansar, evadirse.

Pero cuando se enfrentan a situaciones complicadas de conducta de sus hijos, cuando ven que muchas veces «se les van de la mano», se dan cuenta de que no lo han hecho del todo bien a la hora de educarlos. Tienen desánimo ante estas actitudes negativas de los niños que ellos mismos han permitido, se sienten desconcertados ante la idea de lo difícil que es educar a sus hijos, porque ya es tarde pues los hijos «les han tomado la medida» y muchos niños llevan las riendas de la relación entre ellos. Llegados a este punto, los progenitores, se ven incapaces de enseñar las pautas mínimas de una conciencia social y abandonan su responsabilidad en manos de los maestros.

No digamos en el caso de las familias desestructuradas, de padres separados que sienten la necesidad de compensar a sus hijos tratando de evitarles el sufrimiento o posible trauma que la separación de ellos pudiera ocasionarles. Y la única solución es consentirles todo o concederles cualquier capricho. Y puede ser que los mismos padres les confundan por el hecho de que cada uno de los dos trate de aplicar unas normas de conducta diferentes o no les transmitan ninguna. Pero también está el caso que utilicen a sus hijos como «arma arrojadiza».

También aparece la figura del padre que quiere figurar como «el mejor amigo de sus hijos», o la de la madre cuya único deseo es que la tomen como «la hermana mayor» de su hija. De esa manera la familia aparece como más simpática, más informal y menos frustrante, pero en cambio la formación de la conciencia moral y social de los hijos no sale bien parada. Amigos van a tener muchos, y además de su edad con los que van a sintonizar mejor, pero padres sólo van a tener unos en su vida, si estos no ejercen de padres, ¿quiénes harán su función? Es a los maestros a quienes nos toca hacer la función de padres. Enseñándoles normas para que no se encuentren perdidos y a la deriva, transmitiéndoles principios y valores que les vayan formando como personas, y muchas veces prestándoles la atención, escuchándolos y dándoles el cariño que no reciben de sus padres porque tienen su tiempo ocupado en el trabajo, en problemas familiares, económicos, de separación o en cuestiones de reorganizar su vida.

Muchas veces los profesores ejercemos de maestros y de padres a la vez, y los niños nos toman como ejemplo a imitar y nos tienen por verdadera autoridad moral porque valoran nuestra actitud ante ellos, el ejemplo que les podemos ofrecer y porque tienen miedo de perder la atención y el cariño que les ofrecemos y el tiempo que les dedicamos a escuchar sus comentarios personales. Los niños deben ser educados para ser adultos y miembros con garantías de la sociedad a la que deben incorporarse en un futuro y no para seguir siendo niños eternamente. Hay que tratarlos como niños, pero como personas que deben ir creciendo y no «tenerlos entre algodones» para que sigan siendo los pequeños que nos llenan de ternura encerrándolos en la jaula de oro de nuestro corazón. Hay que cuidarlos, pero abriéndoles el abanico de las posibilidades y ayudándoles a desarrollar sus cualidades para emprender el emocionante vuelo de la vida.

Cuando la familia socializaba no evitaba que los niños se enfrentaran a sus contratiempos tratándoles de solucionar cualquier cosa para que ellos vivieran felices dentro de la burbuja que se les había construido, porque no se les construían burbujas, se les ayudaba a enfrentarse a su realidad de niños para que supieran reaccionar y aprender de las distintas situaciones y para ello se les aconsejaba. No se les daba todo, a veces porque no se podía, pero actualmente, no suele haber capricho que les falte, a veces casi sin poder… (Me he encontrado con casos de alumnos que han empezado el curso sin libros porque los padres decían que no tenían dinero, pero en el verano se habían ido de vacaciones, incluso a Disney París o les habían comprado una «Play», etc., pero para ese tipo de padres, la escuela es algo secundario. Bien es verdad que hay familias verdaderamente necesitadas, y para este problema el gobierno debería reaccionar. A día de hoy se presentan dos buenas opciones, la del banco de libros, en que los alumnos entregan sus libros del curso recién acabado para que los niños que les siguen los puedan aprovechar y ellos cogerán los del curso superior al que van a pasar o la gratuidad de los libros, aunque también hay centros que no utilizan libros, son los profesores los que hacen su propio material). Los niños y niñas deben enfrentarse a las situaciones que les presenta la vida de niños para aprender a reaccionar y solucionar por sí mismos las complicaciones. De esa manera irán madurando. De lo contrario haremos personas dependientes, que por sí solos no sabrán actuar y, fácilmente se frustrarán.

En la actualidad surge otro gran problema, la televisión, los juegos interactivos y los modelos de los personajes populares que están ejerciendo de nuevos modelos a imitar para los niños y los jóvenes (incluyendo gestos de desacato a la autoridad de padres y profesores por imitación de los futbolistas que protestan y gesticulan de forma ostentosa ante las decisiones de los árbitros aunque sepan que no tienen razón), también aprenden a valorar la consecución de objetivos sin esfuerzo, pero si no lo consiguen fácilmente se no saben luchar y abandonan, no están acostumbrados al esfuerzo, a la constancia ni a ser responsables, porque hay padres que se responsabilizan de los fallos de sus hijos (muchas veces han venido padres a decirme que la culpa de que sus hijos no hubieran terminado unos ejercicios era de ellos porque a ellos se les había olvidado o que su hijo o hija no había preparado bien el examen porque la madre no se pudo sentar a estudiar con él o ella. Bien al contrario, debemos educar en la responsabilidad, pues los actos son de quien los comete.

La labor de la escuela se hace más difícil sin la ayuda de familias que eduquen y ante la televisión y el mal uso de las nuevas tecnologías.

Por la complejidad que comporta en la actualidad la educación de nuestros hijos y alumnos por todos los aspectos que hemos mencionado y no dejándonos llevar por el desánimo y la frustración, hemos de armarnos de esperanza e ilusión, y para conseguir mejores resultados en formar personas y ciudadanos respetuosos y con un mayor desarrollo académico y social, que sean capaces de mejorar las estructuras de la sociedad y las relaciones entre sus miembros sabiendo respetar las normas de convivencia, debemos empezar ya desde niños a trabajar de forma conjunta, apoyándonos y ayudándonos los padres y los maestros con la colaboración directa e imprescindible del sujeto y beneficiario principal de la educación que es el niño. Si él ve unión, colaboración y apoyo entre sus padres y sus maestros, ve la importancia que le dan a su formación integral como persona, se sentirá implicado y se esforzará en mejorar y en conseguir lo que se espera de él, porque si sus padres y maestros están de acuerdo, entenderá que es por su bien, para prepararles, lo mejor posible, para que puedan vivir un futuro mejor.

A MODO DE CONCLUSIÓN

En esta época que nos ha tocado vivir, y con los tiempos que corren, hemos de afrontar la nueva situación desde la posición particular que nos corresponde como padres y como maestros, por encima de todas las Leyes de Educación, que van cambiando cada cierto tiempo, y que aparecen como remediadoras de las leyes anteriores. Nuestra visión, no importen las normativas que irán variando, ha de ser la de trabajar en la unidad y esfuerzo común. El objetivo primordial son nuestros hijos… nuestros alumnos. El centro de nuestro interés son ellos y debemos ayudarles en su proceso de transformación de niños a adultos, a mujeres y hombres capaces de respetar y ser respetados por su dignidad humana y que sean capaces de luchar por un futuro ilusionante.

Como conclusión a todo lo expuesto quiero acabar con esta idea:

La educación hoy, es labor conjunta de padres, maestros y alumnos. Y debemos formar los adultos que la sociedad necesita y espera; personas instruidas, preparadas y con valores y principios, capacitados para preparar y consolidar una sociedad mejor.

Mi agradecimiento a todos los padres (sobre todo a las madres, que siempre han sido las más implicadas en la labor educativa), que son muchos, los que sí han entendido cuál es el verdadero sentido de la educación.

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