LA TUNICA DE PENELOPE. HISTORIA DE UN DESENCUENTRO de Juliana Pérez Lalana

Autor: FRANCISCO MAS-MAGRO Y MAGRO.

La Asociación de Estudios Monoveros nos ha presentado recientemente un elegante libro-poemario. De la mano de su autora, Juliana Pérez Lalana, recibo un ejemplar del que, es lógico que así lo presuma, se desprende una dedicatoria en su primera página que me llena de satisfacción. Justo, debajo del título del poemario, “25 de abril de 2023. Estimado Francisco. Gracias por tus atenciones e interés. Espero que te guste. Un abrazo. Juliana Pérez”.

Ya digo que el libro es atractivo en su forma, como es atractivo en su fondo.

Un libro además de contener buena literatura, ha de ser seductor. La sensibilidad del hombre se palpa con las manos. Los médicos conocemos esto porque es una de las asignaturas que nos enseñan en la facultad. Tocar al paciente, palpar su cuerpo para diagnosticar correctamente. Y Marañón nos dijo que, también, ampararlos, abrazarlos, con capacidad de comprender y compartir los sentimientos del otro. El paciente, en este caso, es el libro y con él hay que empatizar, con el libro, para entrar en su interior con el corazón abierto. Y la emoción. Por eso, prefiero el silencio para iniciar su lectura.

Sin embargo, existen poemarios que penetran mejor en el corazón acompañados de música o, incluso, en medio del jolgorio de una familia, con los niños enredando con sus juegos, o, como ha ocurrido en mi caso, en la soledad de la compañía de un familiar enfermo, cuya inconsciencia le obliga a llorar de continuo. ¡Rosita, no llores!, mientras Juliana encuentra el motivo de su viaje literario que se manifiesta nada más abrir el libro y nos llega en forma de un padre que regala a la autora el don de la esperanza, una madre que amarra bien las velas de la embarcación de su familia, “trimándolas”1 para que el viaje transcurra por el camino de su libertad. Y cinco hijos como fruto de una pasión que surge de la combinación entre esperanza y libertad que adquiere desde la misma vida que, aunque estime Juliana sea un regalo, es el fruto de la constancia en la búsqueda que nunca concluye.

Juliana se transforma en Penélope, que es el modelo de la mujer abnegada, que calla y espera. A nadie, pues, extraña que el poemario se inicie en el año 2020 y, como ocurriría con la túnica de Penélope, obligada a hacer y deshacer. No se trata de una tela, sino de páginas de papel que constituyen su propia obra. Penélope es el modelo de la mujer que calla y espera.

La introducción la escribe Paqui Limorti, miembro de la Asociación de Estudios Monoveros, historiadora  enamorada de Monóvar, su pueblo. Ha ejercido como profesora de  Historia en Madrid y escrito libros y publicaciones sobre la crónica medieval de la región. Una entusiasta estudiosa de Azorín, quien sorprende con su imaginación que transforma a Juliana en una nueva Penélope.

Escribe Limorti que, mientras va desgranando poemas, Juliana los acompaña con sus acuarelas. Efectivamente, son ilustraciones que demuestran que su necesidad de comunicarse trasciende la palabra y se asoma a la imagen, que es capaz de plasmar con acierto. Lo innegable es que se consolida en Juliana Pérez Lalana, una estructura puramente artística, como necesidad de advertir con más claridad cómo el sentimiento recorre el paisaje de su vida en esta tierra.

Dice Limorti, ”la autora de estos bellos poemas no me parece una mujer resignada a tejer y destejer con conformismo /…/ pero sí sería posible su reencarnación en una Penélope luchadora…”.

Así, recurre, como hace Ida Vitale en su “Poesía Reunida”, al afianzamiento de las emociones más próximas, para concluir en el recuerdo de vivencias más remotas.

La memoria de fijación, la memoria más próxima o reciente, es la que, por la edad, más fácilmente se olvida y Juliana, como la uruguaya, quiere fijarla en sus poemas pronto, que no vayan a olvidarse ninguno de los sentimientos que concluyeron en los versos.

Recordando el título, motivo del poemario, podríamos decir que, Juliana Pérez Lalana, realiza un viaje desde el presente al pasado para, afianzada su huida de este, encontrar el remoto con más claridad.

Sin embargo, la autora no define lo que el crítico precisa. Juliana apunta hacia algo más sincero y nos dice que, “es lógico empezar con las poesías cuyas técnicas y recursos poéticos sean más actuales y en sintonía con mi forma de sentir actual. De hecho, muchos tienen el mismo tema de fondo, sin embargo el estilo cambia totalmente en cada época. El orden no es una huida del presente al pasado. Es una vista panorámica de toda la trayectoria vital desde el momento actual.”

Lo confirma Juliana Pérez y nosotros lo respetamos. Penélope sabe, ensimismada en su faena de tejer y destejer, que su hombre no va a llegar nunca. Leemos el nombre común “hombre” como aquello que necesitamos para nuestra conformación vital.

El hombre no va a venir /  Y, si viene, se nos va /  Siempre escapa del regazo /  Como el agua entre los dedos /  Que tiemblan”

Monóvar reflejada en su poesía ¿sirve de excusa para atisbar una, quizás, ilusa esperanza?

“Y la cantata inefable /  Acompañando mi senda /  Me reconcilia y aquieta /  Se renueva, me renace.»

El surrealismo poético salta al mismo compás que las pinceladas. El surrealismo de unos cristales dulces como caramelos entre sábanas, esquirlas de ansiedad condimentadas de esperanza y algún sueño, dulce como el deseo. Esa necesidad de ser amada y un grito apagado de rebeldía que conforma su fuerza vital.

“Entre mis dientes azúcar /  Trozos de rabia acidulce /  Triturada y robada / En la oscuridad /  De la noche a la sonrisa /  Blanca de un niño…mi niño”.

Porque Cosa de mujer es /  Hacer que las piedras canten.”

Penélope, quiero decir, Juliana, sigue su camino a través de los versos, recordando las formas que rodean su vida. La vida como Penélope. Una vida de expectante vigilancia. Aparece su emoción artística, donde el color es fundamento, y sitúa la higuera del Parador como ejemplo de resistencia frente a los avatares de la vida.

Y he ahí la higuera. Con sus colores de arcillas sedimentadas en la historia. Lutitas y evaporitas que marcan el carácter de ese cuadro que ilumina su poema, refiriéndose a su propia existencia.

Podada sin compasión /  En sus últimos latidos /  Sus nuevos brotes renacen /  Poderosos / Cicatrizados y secos”.

Del dolor del extraño acontecer de los días al dolor de la muerte, cuando ésta es una injusta sentencia. Aparecen en el paisaje los trigales de sangre. Ucrania en el corazón, sustituyendo la inquietud de un periodo malintencionado de mentiras.

“Son los cantos, los poemas /  Los clamores, las campanas /  En el abismo del tiempo. / Ucrania. ¿Por qué no aquél virus de la muerte?»

En definitiva, uno y otro dolor.

Penélope, perdón, quiero decir Juliana, se pregunta, tejiendo y destejiendo la fina seda de la esperanza

“Son…aquellos que rompen el cielo /  Para que broten océanos /  Nuevos mares, nuevas siembras /  Nuevas almas.»

Es la desesperada esperanza la que obliga a deshilar el tejido cosido con paciencia. Y nos conduce, nuevamente, al pasado. Otra vez. El alma de Penélope que aparece con meridiana claridad en la página cuarenta y cuatro, donde la autora se rompe en una indecisión y pide,

“Hacer que hable / Este expresivo silencio /  …/…  Porque este bendito amor /  Se quede… para siempre.”

Y, en la siguiente página, la realidad que desteje la esperanza.

“No te permites amar /  O no sabes /  No permites que te ame /  O no sabes /  dejarte amar”.

La verdad de un Ulises regresado, abatido, quizás envejecido. Quizás inmaduro en su forma.

“No te he podido arrancar /  Un te quiero /  Verdad es…que las palabras nombradas /  Dan miedo”.

Se quebró la esperanza,

“Como cascarón de barco naufragado / Golpeado / A poco de convocarla y desvelarla…”

Pero, la fuerza de Penélope es la fuerza de la ilusión. Fuerza al fin y al cabo. Y,

“Me visto de coraje /  Día a día. /  Y espero…”

Su meta inconclusa le obliga.

“No quiero parar /  Descansar /  Sigo andando. …/…  Mi alma envejece.”

Y también, la fuerza de Penélope es la de la optimista perspectiva, la confianza:

“No puedo rozar el mar, dulce violencia /  Y permanezco en la playa, mirando…”

Al menos, le queda la creencia, la música que en el cielo es silencio de su cosmos. Y cantarán los colores, como sueños.

“Los colores cantores /  magenta, ocre, violeta.”

Y, en consecuencia,

“Pintaran los sonetos /  desolados de la tarde /  y sus silencios.”

La angustia de Penélope escrita en tres hermosos versos en la página setenta y ocho:

“No traspasa mi amor tu soledad /  Ni traspasa mi luz /  El humo de tu angustia y tu miedo.”

En la orilla de su historia, Juliana parece encontrar la luz, deseo anhelante que se obtiene mediante la comunicación, que es el verdadero encuentro.

“¡Tan cerca! /  En el límite de mi ser /  A la orilla del viento.”

Aunque parecen rumores. Ya que, Penélope, “como una playa es tu alma / ardiente, suave, escondida / dócil arena dorada/ a las huellas de la brisa./ Una blanca caracola/ rumor de mar en tu centro / se pierde, se desvanece / entre sus hondas heridas./ Solo el mar la hace presente / cuando allana tus orillas./ Y quiere mirarse en ti/ entre reflejos de sol/ e irisaciones dormidas./ Sereno e inmenso pasa/ dejándola aún más cerca/ en tu cuarzo confundida.”

Nota post scriptura

Francisco, el personaje de Penélope siempre me ha llamado la atención. Volví a leer la Odisea para cerciorarme de que el carácter de Penélope no es para nada una mujer sumisa ante las circunstancias de su vida; Me parece una mujer inteligente y activa. Un personaje lleno de contradicciones y por ello muy humano. Me identifico con ella y con su creatividad. Es la columna central del poemario. Éste es la  vida con sus luces y sombras sentida y expresada a través de la sensibilidad y recursos de una mujer.  

Juliana Perez Lalana.

1 Ajustes sobre los elementos de propulsión de la embarcación, que se realizan para optimizar el desplazamiento de buque y aprovechar al máximo la fuerza impulsora que genera el mismo.

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